No tiene más de trescientos años y, sin embargo, la industria es el sector económico más importante en una gran cantidad de países y de áreas económicas.
La transformación de materias primas en productos elaborados afecta a la alimentación y a la minería, a las fuentes de energía, a la tecnología y, en general, a casi todas las actividades que podamos imaginar y que forman parte de nuestras vidas.
Fue en Inglaterra, a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, en donde las pequeñas economías familiares dieron origen a un excedente capitalístico que, a la postre, se convirtió en el primer motor de la primera revolución industrial.
Si a ello le unimos las innovaciones que supusieron la máquina de vapor o la paulatina implantación del ferrocarril como medio de transporte de personas y de mercancías, tendremos algunos de los componentes más destacados para explicar el surgimiento de las ciudades, el nacimiento de la clase obrera y el poder cada vez más predominante de la clase social burguesa.
La segunda y la tercera revolución industrial no hicieron sino potenciar este tipo de sistema económico y social. Hoy la industria afecta a millones de personas y sus avances condicionan nuestras vidas de un modo mucho más directo del que muchas veces podemos imaginar.